Muchas veces podemos pensar “¿Jugar? ¡Qué divertido! Pero … ¿en el colegio? ¿No es que a la escuela se viene a aprender?” Y en el mejor de los casos, podemos hacer una concesión y dejar entrar el juego al aula porque sabemos que para los chicos es un camino directo hacia el aprendizaje. Entonces, les proponemos juegos para aprender los números, las fracciones, las provincias y sus capitales o las reglas de ortografía. Entonces, en clase se juega y por un rato parece un recreo.

Pero me pregunto cuántas veces hacemos del patio del recreo, con todo su dinamismo propio, un aula. Porque si miramos el recreo con ojos con niño, podemos descubrir un abanico de situaciones a partir de las cuales pueden realizar aprendizajes fundamentales para la vida. La escuela es el lugar privilegiado en el que los niños despliegan y desarrollan sus habilidades sociales: lo que saben acerca de lo social y lo que pueden poner en acción. Pero también lo que no saben y lo que aún no logran poner en práctica. Y el recreo es un momento privilegiado para que esto sea posible. Llevar la temática del recreo al aula, ayudar a los chicos a reflexionar sobre las situaciones que se dan en el patio de la escuela, sobre las actitudes y los valores que se ponen en juego en el momento del recreo, acompañarlos generando momentos de reflexión personal sobre las distintas situaciones que se plantean en la interacción con los demás, ayudarlos a comenzar a abrirse a las ideas y los sentimientos de los compañeros, puede ser parte de este camino.  ¿Y por qué no hacernos parte de lo que pasa en el patio, alentando a los chicos a ser protagonistas de sus juegos? ¿Jugar? Sí, también jugar! Y transformar el patio en un aula para la vida.

María Cecilia Sosa Cabrios