“Hoy no quiso sentarse conmigo”, “me gastó toda la plasticola”, “siempre me pide hojas y cuando yo necesito no me presta”, “nadie me deja jugar”, “siempre tengo que dar a la soga”, “cuando no están conmigo me critican”, “todos se burlan de mí”, “en el patio me quedo solo”, “siempre me mandan al arco”…

Estas son algunas de las situaciones cotidianas que muchas veces representan para los chicos un motivo de conflicto con sus compañeros en el ámbito de la escuela. Empiezan a surgir tímidamente en los primeros grados (y a veces en las salas de nivel inicial), se van acentuando y cuando llegan a mitad de la primaria las peleas son moneda corriente, para ir cambiando rápidamente de “plataforma” pero no de fondo, y perseguirlos en la vida real desde el mundo virtual.

Hace casi veinte años la realidad particular de un grupo de alumnos se me presentó como un desafío educativo concreto, y fue sólo el comienzo de un camino a recorrer. Al mirar hacia atrás me pregunto qué aprendí en estos años, no sólo de mi experiencia profesional sino, sobre todo de mis alumnas, de sus maestros y padres.  Comparto con ustedes algunos de esos aprendizajes:

  • La convivencia con otros es una experiencia maravillosa que está llena de oportunidades de interactuar y, por lo tanto, de tener conflictos con los demás, y esto no es algo excepcional, sino cotidiano en la vida social.
  •  Frente a estos conflictos los chicos suelen hacer lo que saben o simplemente lo que pueden. Algunos prefieren pasarlos por alto, aunque para ellos sea un problema importante, y en consecuencia se van llenando de bronca contra el amigo, hasta que finalmente “explotan” todos esos sentimientos en la situación menos pensada, dejando una herida en la relación. Esto es muy común en los chicos más inseguros, que temen perder el afecto del otro si dicen lo que les pasa o quieren evitar que el otro se enoje. Otros chicos responden ante todos los conflictos como si fueran gravísimos, se enojan de manera desmedida y actúan con agresión, peleando, insultando o pegando, con lo que no sólo no solucionan el problema sino que, además, pierden amigos. Algunos recurren enseguida al adulto (padres o maestros) para que resuelvan el problema por ellos, les digan qué tienen que hacer (¡qué tentación para nosotros!) o para poner en evidencia al amigo. Otros, los menos, saben cómo resolver los conflictos interpersonales dialogando, poniéndose en el lugar del otro y haciéndose escuchar con asertividad, buscando acuerdos, negociando soluciones que los acercan y fortalecen la amistad. Algunos, descubren pronto que hay conflictos no tienen importancia y los pueden dejar pasar.
  • Los chicos, porque son chicos y están aprendiendo todo, también necesitan aprender con nuestra guía y apoyo, a querer convivir en armonía con los demás, y a solucionar los conflictos cotidianos por sí mismos. Por eso los chicos son más felices cuando, contando con un repertorio simple pero variado de recursos y estrategias para solucionar sus conflictos interpersonales, se sienten capaces de afrontar los conflictos con sus pares. Y también necesitan aprender a diferenciar en qué situaciones deben recurrir a un adulto que los cuide y proteja.
  •  A veces no importa tanto “qué” pasó para ponderar una situación, sino sobre todo “cómo” pudo afrontarla ese chico. De otro modo, ¿cómo se explica que dos chicos puedan vivenciar la misma situación de maneras tan distintas?
  • Gestionar bien la convivencia es también generar oportunidades de afianzar vínculos interpersonales, entre risas, juegos y experiencias compartidas.
  • Desatender el sufrimiento que causan en los chicos las pequeñas violencias cotidianas entre pares, es alimentar un clima propicio para futuras situaciones de acoso.
  • Ocuparnos sólo de víctimas y victimarios, es haber llegado tarde.
  • Los mismos chicos que integran el grupo como testigos silenciosos del sufrimiento ajeno, pueden ser agentes de cambio claves de la dinámica grupal, y ellos también necesitan que les enseñemos cómo hacerlo.

 

¡Cómo me anima saber que las habilidades sociales son conductas aprendidas! Por lo tanto, educar para la convivencia no es una utopía, sino un acto lleno de optimismo basado en la confianza en la capacidad de cambio que todas las personas tenemos, y muy especialmente los chicos. Proponerles un modelo de aula, de escuela, de sociedad, donde el diálogo sea un camino de encuentro frente a los conflictos; enseñarles con el ejemplo y las palabras oportunas a ser verdaderos artesanos de comunión y de paz frente a los conflictos cotidianos, es un camino que podemos elegir todos para prevenir la violencia en nuestras escuelas.

 

 

 Cecilia Sosa Cabrios

Lic. en Psicopedagoga