Cada niño tiene una historia. La historia de cada niño es una pesada mochila que lo hunde o unas livianas alas que lo hacen despegar. Y esa historia es construida por su entorno. Las veces que le dijeron te quiero o lo abandonaron todo el día. La manera en que lo estimularon o las formas venenosas en que lo devastaron. Los dolores y las tristezas que tuvo que presenciar, la violencia a la que tuvo que asistir, los latigazos que su alma tuvo que soportar. O el amor incondicional de sus padres, o hermanos o abuelos que le enseñaron a volar. Y tantas veces, esas situaciones no fueron del todo reales, o en todo caso verificables… Muchas veces son construcciones subjetivas que los niños desarrollan sin saberlo como respuesta a tanta locura, a tanta sobreabundancia de mensajes contradictorios, a tanta incoherencia de nosotros los adultos, a tanta ignorancia, a tanta sobre estimulación inútil.

Cada niño tiene una historia y cada historia es la historia de su deseo. Y cada hombre tiene la edad de su deseo. No tenemos la obligación de amar a todos los niños. Pero es indispensable que sientan que no los despreciamos con nuestros actos. Es fundamental hacerlos sentir queridos, entusiasmándolos, apoyándolos, acompañándolos, riendo y llorando con ellos, mirándolos, insistiéndoles en que asuman riesgos porque les va a ir bien, aunque les vaya mal, sólo porque se lanzaron, porque se atrevieron, jugando y estudiando con ellos, diciéndoles vos podes, yo te ayudo, avancemos juntos, te acompaño, siempre se puede recomenzar. Sin darles consejos anacrónicos que nosotros rechazábamos terminantemente cuando nuestros padres o los mayores nos los daban. Decirles te acompaño, hacerles sentir nuestra presencia y apoyo,  aunque hagan lo que quieran… Sabiendo, si,  que se van a equivocar y que ese es el itinerario formal y forzoso que hay que seguir para ser nuevos, distintos.  Respetando lo que elaboraron, lo que planificaron y se largaron a concretar. Aunque cambien de idea o de plan o de compañías. Acompañarlos y decirles: aquí estoy, no acuerdo con tus criterios pero aquí estoy para ayudarte a que te posiciones en distintos sitios  y puedas, desde esa variedad de enfoques ver el mundo con sus distintos perfiles y puedas ir elaborando conceptos, argumentos, propuestas… para que vayan construyendo con libertad, con descaro y con valentía sus propias vidas.

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Nosotros, el mundo adulto, no somos ejemplo ni modelo de nada. Basta mirar alrededor, los medios, las redes, la calle, el tránsito, el trato, las formas… para entender que nada podemos enseñar ni transmitir a esta próxima generación a la que ya le debemos tanto.  Por eso, entonces y camino a ayudarles a construir un pensamiento crítico que los ayude, ya no a buscar información, sino a definir cuál es la pertinente, permaneceremos cerca de ellos, presentes pero no invasivos; apoyando pero dejando decidir, con opiniones adultas pero sin presiones de ningún tipo, cambiándoles los escenarios para que construyan sus propias miradas sobre las cosas y las personas. Y diciéndoles siempre lo que como adultos sentimos  ante ellos y por ellos.

Cada vez estoy más convencido de que el mandamiento bíblico de honrarás a tus padres debiera trocarse, mutar a: Honrarás a todos los hijos. Esa será nuestra intransferible responsabilidad personal y colectiva.

Y que se nos caiga la cara de vergüenza si no somos capaces al menos de esto.

Prof. Norberto Siciliani