En la actualidad, como educadores, nos encontramos ante el verdadero desafío de resignificar nuestra tarea y de adaptarla a nuevas necesidades, nuevos lenguajes, nuevos ritmos, nuevas realidades.

Despertar el genuino interés de nuestros alumnos por la construcción responsable y entusiasta de su propio conocimiento, hoy, más que nunca, requiere de destrezas que superen a los avances tecnológicos, a la velocidad vertiginosa y cambiante que nos circunda y a la fantasía exacerbada que proviene del mundo de las imágenes- sólo por nombrar algunos factores externos que demandan nuestra atención. Pero,¿qué sucede frente a los factores internos que conforman a cada persona?, ¿no son éstos los fundamentales a la hora de generar un terreno fértil para el aprendizaje? Es posible que la clave para alimentar el entusiasmo esté en mirar hacia adentro, reconectando con las necesidades, ritmos, realidades y características propias de cada persona- empezando por nosotros mismos, los que abrimos la puerta de este camino.

Afortunadamente, cada día se difunden más y más las distintas teorías que fundamentan y resaltan la importancia de una educación integral, que incluya a la unidad Cerebro-Cuerpo-Mente que nos conforma, a fin de generar la diferencia positiva que estamos buscando.

Los valiosos aportes de las neurociencias avalan científicamente que nuestros alumnos logran aprender mejor en un ambiente afable,libre de stress, donde el apropiado vínculo interpersonal promueve lo mejor de cada uno. La mirada, escucha y atención se encuentran disponibles, listas para dedicarse a la particularidad de cada persona, sin juzgarla por lo que “sabe”, sino aceptada por lo que “es” y motivada por lo que puede “llegar a ser”.

El prestigioso psicólogo de Harvard, creador de la teoría de las inteligencias múltiples, Howard Gardner señala que “el propósito de la educación es lograr que las personas quieran hacer lo que deben hacer”, refiriéndose a la necesidad intrínseca que tenemos los seres humanos de transmitir lo mejor de cada uno, de realizar nuestra misión, centrada en lo que nos apasiona, sin ser forzados por ningún elemento externo. La sabiduría se encuentra siguiendo el impulso natural, encausándolo, alentándolo y permitiendo su máxima expresión. El mismo concepto, pero en términos del mayor referente de los últimos tiempos en innovación educativa, Sir Ken Robinson, sería que la trascendencia se

Alcanza desplegando nuestro “elemento”, nuestro don y talento natural, característico y espontáneo.

Entonces, si confiamos en las habilidades provenientes de nuestros lóbulos frontales -nuestra distintiva riqueza fisiológica cerebral- y nos animamos a entrenarlas en pos del despliegue de nuestro don personal, podremos llegar a encontrar un mayor sentido a todo lo que realizamos, y, por añadidura, podremos guiar a los demás a conocer y desplegar el propio. Transitar este camino de bienestar y satisfacción personal es la forma más viable hacia la construcción de una realidad más amable, que empapa y motiva a todo nuestro entorno.

Nse. Silvina Fernandes

Autora del libro «Educación en Positivo» de Editorial Proyecto Cepa.