La escuela, ámbito de encuentros y desencuentros, nos obliga no sólo a hablar de la calidad de los productos educativos, sino también y cada vez de manera más apremiante, de aquel elemento que actualmente la condiciona con fuerza: la calidad de los vínculos de todos aquellos que participan en los procesos formativos. Esto es así, por la certidumbre de que la educación y la convivencia se necesitan, pero a través de un vínculo que debe ser equilibrado, solidario y que sin embargo está dando persistentes señales de un significativo y creciente deterioro.

Hablar sobre la convivencia en las comunidades educativas o de aprendizaje[1], como algunos prefieren llamar hoy a la escuela bajo un nuevo paradigma, no puede ser un tema más. Las derivaciones que ha tomado el clima social y las interpretaciones e intervenciones que se hacen sobre el mismo, no permiten dudar que, de ser un aspecto sencillamente regulado con normas y la presencia de adultos con autoridad, hoy a pasado a ser un desafío complejo, pilar no sólo de las acciones de enseñanza y aprendizaje, sino también del correcto desarrollo psico socio afectivo.

Por esto, en las últimas décadas a través de programas llamados “de escuela segura” o “de sana convivencia”, intentamos expresar cómo percibimos las relaciones, repensando y reorganizando a las instituciones para darles una respuesta adecuada. En este trabajo, y sin ánimo de discutir denominaciones o propuestas de intervención, deseamos integrar lo aprendido y actuado en las últimas décadas y hablar acerca del bienestar de todos en la escuela, como una condición prioritaria para poder aprender y orientar el vivir con otros.

Una educación que prioriza y se asienta en la buena convivencia, puede a través del bienestar de todos alcanzar calidad en los procesos formativos. Un desafío que no es sencillo, no sólo por la diversidad de personas que se encuentran en los centros educativos, sino porque estas comunidades de aprendizaje reciben hoy la poderosa influencia de una diversidad de culturas que poco tienen que ver con los valores morales que deben guiar la vida de las personas.

Frente a parámetros culturales que se fueron modificando de manera más acelerada, la escuela continuó abriendo sus puertas para que estudiantes nacidos en un mundo cada vez más artificial y virtual, encontraran en las aulas estrategias y normas similares a las que experimentaron sus padres y abuelos. Se actualizan los contenidos, pero se transmiten a través de rutinas, espacios y tiempos impertinentes que dificultan la tarea de enseñar y aprender.

Joan Ferres (2000) al hablar acerca de cómo construimos e interpretamos actualmente la realidad, argumenta que hemos pasado de una cultura con espectáculo a una cultura del espectáculo, donde niños y jóvenes privilegian la imagen (iconosfera), una representación del mundo concreta, donde se potencia lo sensorial, lo narrativo (el relato), lo dinámico, lo emotivo y lo sensacional. Mientras tanto, ¿qué propone la escuela?: la cultura oficial (logosfera), que es la de la palabra escrita y del libro, que enfatiza una representación del mundo conceptual, reflexiva, estática y analítica. ¿Cuál es el resultado?: un incremento del fracaso escolar de los estudiantes, y el descontento y el enjuiciamiento de la comunidad.

Nos encontramos ante una emboscada cultural que boicotea y detiene la incorporación de la cultura establecida, aquella que deben trasmitir con maestría la familia y la escuela, y que las encuentra hoy desbordadas y enfrentadas, culpándose mutuamente de los malos resultados. Han dañado el tradicional y hasta no hace mucho, exitoso pacto educativo, dejando muchas más víctimas que los estudiantes, ya que la insuficiente e inapropiada formación condiciona el futuro bienestar de las naciones.

Urge redefinir el rol educador de padres y docentes en un nuevo entorno tecnológico y comunicativo. Debemos ser capaces de guiar a los estudiantes para que puedan a través de la emoción generar la reflexión, que el pensamiento concreto lleve al abstracto, y que a la expectativa del placer se admita la necesidad del esfuerzo. No será con la tecnología, sino a través de las palabras y en la elaboración de los mensajes donde habrá que buscar la emoción, el encuentro y el bienestar. 

El pronóstico no es bueno, pero la respuesta es sin dudas educativa y se encuentra inicialmente en manos de los adultos, quienes debemos necesariamente conciliar y asumir, sin hipocresía, cada uno su parte en el complejo arte de dar forma al otro. Como no podemos ser sin el otro, nos urge educar para ser con el otro.

 

[1] Comunidades de Aprendizaje es un proyecto que se apoya en un conjunto de acciones formativas dirigidas a la transformación social y educativa. Este modelo está en consonancia con las teorías científicas a nivel internacional que destacan dos factores claves para el aprendizaje en la actual sociedad: las interacciones y la participación de la comunidad.

Alejandro Castro Santander

De la Introducción al libro “Estar bien en la Escuela”, (en prensa 2015, México)