Estamos en tiempos de cambios veloces, donde muchas cosas se resuelven con un “click”, con un “touch”, deslizo el dedo y encuentro lo que quiero, descubro la respuesta. Los niños crecen y se desarrollan en este entorno. Cada vez más vemos niños pequeños que toman un libro con dibujos y deslizan el dedo esperando que cambie la imagen, sin saber aún que tienen que dar vuelta la página.

Todo es ya, todo es inmediato para los adultos que también estamos inmersos en esta vorágine y donde el celular es cada vez más el medio de comunicación formal e informal, donde las reacciones frente a los tildes grises o celestes pueden generar enojos y preguntas como “si lo leyó, por qué no me responde?”.

En tiempos de inmediatez, donde todo se resuelva YA y con un click, la espera, la pausa, muchas veces se torna intolerable y aparecen enojos como resultado de la frustración. Los tiempos de espera, la pausa, son necesarios en el desarrollo del niño. Es un tiempo de reflexión en algunos casos para proyectar la próxima actividad, para descubrir el deseo para poder planificar. Los adultos también necesitamos esos momentos de pausa, tomar un café, sentarnos unos minutos y pensar y fundamentalmente “desconectar” de redes, mensajes y del mundo virtual. Se escuchan muchos adultos jóvenes especialmente que dicen “sin el celular no soy yo”. En las clases universitarias y terciarias, el celular forma parte del escritorio como la cartuchera con los elementos para escribir y el cuaderno. Cada vez se torna más difícil separar espacios y tiempos: estamos en clase pero respondemos un mensaje al amigo, estamos en una sesión psicológica y se responden llamados laborales. Si los adultos no podemos desactivar y habilitarnos la pausa, difícilmente se lo podremos transmitir a los niños.

La pausa, el descanso, el freno, son diferentes modos de nombrar un tiempo de espera que en algunos momentos será pasivo y en otros será activo, pudiendo proyectar o planificar el paso siguiente. Es un tiempo de corte, que marca un cambio, de escucha al otro en algunos casos. En modelos de crianza nos encontramos con diferentes estilos, dentro de los cuales está la “libre demanda de la teta” en tiempos de amamantamiento que muchas veces se confunde con “está colgado de la teta todo el día”. Si los adultos no introducen un momento de espera, a ese niño le será muy difícil organizarse, encontrar un tope y poder esperar. Todo es continuo. Como lo vemos en la actualidad en los canales de dibujitos, donde hay posibilidades de ver las 24 horas al día. Si el adulto no introduce un corte, una pausa, un tiempo de espera, difícilmente el niño lo logrará solo y podrá permanecer horas consumiendo imágenes. Lo mismo sucede en los canales de youtube en internet, donde de un video se va pasando constantemente a otro. Función asegurada! Pero ¿cuáles son las consecuencias de todo esto?

Estamos en tiempos apurados. Todos corremos y queremos llegar primero. Y a veces pareciera que le crianza, la educación, el desarrollo son carreras para llegar antes que los demás, a cualquier precio. Nos encontramos con padres que llenan a sus hijos de actividades escolares y cuanto más complejas, mejor, queriendo asegurarse un futuro exitoso de esta manera. Docentes que apuran los aprendizajes, donde para seguir el ritmo los niños desde muy temprano necesitan refuerzos pedagógicos (maestras particulares) porque en el aula no hay tiempo para explicar de nuevo. Instituciones educativas que compiten con otras y presionan a docentes y a alumnos para tener mejores promedios. El apuro sin ofrecer un tiempo de reflexión genera otras dificultades en los niños después.

En la escritura tenemos la coma, el punto y coma y el punto final o punto seguido (pero el punto nos indica un cierre). Si nos encontramos con un texto sin estos signos, claramente no entenderemos el mismo o bien según lo que diga, hasta se podrán interpretar mensajes contrarios.

La pausa es un tiempo de espera y también un tiempo de recuperación y de encuentro con uno mismo, si más no es muy breve. Es, desde otro ángulo, un límite para el niño que lo organiza. Cuando todo es continuo, sin un freno, sin tope, la desorganización interna y externa es cada vez mayor y el niño se desborda y genera consecuencias en el aprendizaje.

Sabemos el proceso complejo que es para el niño el aprendizaje de la organización espacial, lograr dibujar o pintar dentro de cierto marco, el levantar el crayón o lápiz en algún momento para continuar por otro lado y no seguir una línea constante. No se trata de forzar y ejercitar esto una y otra vez hasta el cansancio. Estos aprendizajes no son simplemente motrices, sino que están estrechamente vinculados con todo el desarrollo del niño, su organización familiar y escolar.

Hace ya varios años que el Nivel Inicial está siendo primarizado cada vez más temprano, exigiendo de los niños resultados y aprendizajes propios de una etapa posterior. El tiempo de juego en muchas instituciones queda relegado, olvidando de esta manera que es en el jugar que el niño va aprendiendo con otros procesos fundamentales para lograr aprendizajes académicos. Y es en el jugar que se autoregulan muchos aprendizajes necesarios y significativos, en la interacción con los demás.

En el jugar genuino (no impuesto) los niños pueden ir descubriendo nuevos recursos, siendo un proceso más de aprendizaje que se tiene que acompañar desde el adulto para que el niño lo pueda ir construyendo desde la primera infancia.

María Regina Öfele