«Niño, deja ya de j.o.d.e.r con la pelota

Niño, que eso no se hace, que eso no se dice, que eso no se toca…

Esos Locos Bajitos»

Joan Manuel Serrat

 

En tiempos veloces, donde abunda la información y falta la reflexión, donde todo cambia muy rápido, también la infancia pasa rápido. En los comercios de ropa infantil, podemos ver vestimenta para niños y niñas que es una exacta copia de la de los adultos: mini jeans, mini camperas, mini vestidos y pantalones Oxford de un diminuto tamaño, que son la exacta copia de los modelos para adolescentes y adultos, pero en miniatura.

En la publicidad también observamos ese fenómeno, cuando la oferta de teléfonos celulares inunda la pantalla y se incrementa en fechas cercanas al día del niño.

Los adultos, confundidos, desorientados, asombrados, promovemos muchas veces esa aceleración de los tiempos, apurando a los niños para que dejen de serlo de una buena vez.

 

“¿Cómo puede ser que no se adapte al jardín si ya pasaron dos semanas?”, nos preguntamos acerca de un niño de tres años. “Está cansado, no quiere estudiar cuando llega a casa”, nos quejamos de un niño de 11 años que pasa más de 8 hs seguidas en el colegio. “En la semana no tiene tiempo de invitar amigos” decimos de un niño de 7 años que tiene una agenda tan cargada como la de un alto ejecutivo con actividades como natación, la escuela, fonoaudióloga, fútbol y las clases de apoyo escolar.

¿Qué necesita un niño? ¿Qué podemos brindarle los adultos a los niños?. Si bien podemos decir que la infancia, ese tiempo que se extiende entre el nacimiento y los 12 años aproximadamente tiene a lo largo de sus ciclos distintas necesidades, hay aspectos comunes a todos esos años. Los niños necesitan.

  • Jugar
  • Estar con otros niños
  • Tener tiempo para “ hacer nada” y aburrirse
  • Desplegar la imaginación y la fantasía en la vida cotidiana, explorando las posibilidades de juego que su cuerpo y objetos que lo rodean le permiten.
  • Adultos pacientes, que no los traten como máquinas que sólo ejecutan órdenes
  • Adultos que conecten con ellos y sus necesidades. Que atiendan esas necesidades por encima de las suyas propias porque ellos son niños y los adultos debemos cuidarlos
  • Adultos que los preserven de tener que entenderlo todo, saberlo todo, explicarlo todo a través de la palabra y que prioricen los abrazos, las miradas suaves y las sonrisas para comunicarse con ellos.
  • Adultos que jueguen y que disfruten jugar con ellos
  • Adultos que dejen de jugar cuando dejan de disfrutar
  • Adultos que lleven una vida equilibrada entre trabajo, amigos, familia, diversión.
  • Adultos que tengan una visión optimista de la vida
  • Adultos que puedan pensar equilibradamente
  • Adultos responsables, que se hagan cargo de lo que elijen y de las consecuencias de sus elecciones, entendiendo que no hay un camino único ni prefijado sino que los vínculos se construyen día a día.

 

La infancia es un tiempo de emociones intensas, desequilibradas en algún sentido. La adultez debe ser una época de emociones equilibradas, dónde en lugar de espejar a nuestro hijo enojado gritando más fuerte o angustiarnos con nuestro hijo que está angustiado y salir impulsivamente a gritarle al compañerito que no lo deja jugar, podamos sostenerlo y ayudarlo a pensar y a expresar sus necesidades de modo positivo. Pensar de un modo equilibrado, significa aceptar entre otras cosas que:

 

  • Las personas tenemos fortalezas y debilidades, no somos robots y los niños tampoco lo son. Aceptar nuestros puntos débiles nos hará más humanos y nos permitirá superarlos
  • Entender que el mejor ejemplo para nuestros niños es lo que hacemos y no lo que les decimos. Por eso no preocuparnos tanto en dar sermones sino en vivir una vida coherente con lo que pensamos y sentimos
  • Conectar con nuestros miedos y nuestras preocupaciones y hacernos cargo de ellas, evitando que sean los chicos los que deban cargar con ellas.

 

Evitemos sobrecargar a los niños con exigencias desmedidas. La cantidad de horas de inglés, computación o robótica no le asegurará a nuestros hijos el bienestar económico o el éxito en el futuro. El mundo cambia y es imposible predecir exactamente qué necesitarán. De lo que sí podemos estar seguros es que una infancia plena de emociones agradables, donde se sintió querido y aceptado, donde vivenció que los adultos disfrutaban de su compañía y hacían además otras actividades que también disfrutaban y los entusiasmaban, será una reserva emocional que enriquecerá sus vidas en general y a la que podrán recurrir siempre que lo necesiten.

 

 

Lic. María Cecilia Marino

Psicopedagoga